ARQUITECTURA

La construcción del Anahuacalli pasó por distintas etapas desde su primera concepción. En un principio, nos cuenta Diego Rivera en su libro Mi arte, mi vida, escrito en colaboración con Gladys March, hacia finales de los años treinta, “…cuando las bombas amenazaban nuestras vidas y hacer pintura parecía algo extravagante, Frida y yo comenzamos a construir un extraño tipo de rancho. Allí pensábamos producir nuestros propios artículos alimenticios: leche, miel y verduras, mientras nos preparábamos para construir nuestro museo… El lugar que escogimos estaba cerca de Coyoacán, precisamente encima de una capa de lava. Los cactos emergían con profusión de las grietas entre las piedras. La naturaleza había hecho el paisaje del lugar como a propósito para nuestros deseos, y decidí que nuestra casa estuviera en armonía con su trabajo.”

Los terrenos situados al sur del Valle de México fueron hasta entrado el siglo XX despreciados por los constructores. Su paisaje de roca volcánica en apariencia agreste, con sus reminiscencias de tiempos antiguos, inspiró al Doctor Atl, a quien Diego Rivera acompañaba en sus excursiones desde que estudiaba en la Academia de San Carlos. A comienzos de los años cuarenta se les uniría en estas expediciones el arquitecto Luis Barragán, quien compró allí unos terrenos para desarrollar el fraccionamiento que sería Paseos del Pedregal. El propio Rivera realizó para Barragán unos lineamientos para construir en la zona, en los que aconsejaba hacer la división de terrenos tomando en cuenta la formación rocosa de la lava y construir con la misma piedra volcánica.

En junio de 1940, luego del asesinato de Trotsky, Diego Rivera viajó a San Francisco, desde donde encargó a Frida Kahlo dejar únicamente las piezas grandes del “idolaje” o el “trésor de Moctezuma” (como llamaban Diego y Frida respectivamente a la colección del pintor) en el estudio de San Ángel –construido por su amigo el arquitecto y pintor Juan O´Gorman siguiendo la escuela funcionalista–, empacar el resto y trasladarlo a la Casa Azul de Frida en Coyoacán. En febrero de 1941, ya de regreso en México, consciente de su edad y pensando en su legado como artista, el pintor modificó su idea del rancho y decidió que levantaría un templo, en el cual dispondría su colección de pequeños dioses de arcilla.

Así, el proyecto se inició en mayo de 1942, aunque las adquisiciones de terrenos abarcarían hasta 1947. Diego Rivera invitó a Juan O´Gorman para que lo acompañara en la aventura. O´Gorman conocía la Casa de la Cascada del afamado arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright, pues su dueño, Edgar Kaufman, les había encargado pinturas y diseños para ésta a finales de los años treinta. Situada en la reserva natural de Bear Run, Pensilvania, esta obra se integraba al paisaje de manera admirable. Las rocas de la cascada penetraban en las habitaciones como mesas o soportes de chimeneas. “La arquitectura orgánica debe promover la generación de un mejor modo de vida”, sostenía Wright. Esta idea se acoplaba a la perfección con el concepto de Rivera, que no sólo integraría el paisaje, sino la cosmogonía y el arte prehispánico a su construcción, creando una pirámide de reminiscencias claramente mayas, teotihuacanas, aztecas, que dialogara con el presente en una propuesta de permanente actualización del pasado para su reinterpretación. Diego Rivera la cimentó desde la segunda capa de lava, utilizando la primera para las distintas construcciones y los pavimentos y partió desde la propia concepción prehispánica de construir desde la raíz, aprovechando incluso las cuevas del subsuelo, donde nacían los dioses antiguos.

De 1942 a 1957 el pintor dedicó gran parte de su tiempo y dinero a esta obra, solicitando subsidios a diversas autoridades, a las que él y Frida explicaban que la estaban realizando para el pueblo de México. Los obstáculos de orden económico iban retrasando la obra, que a su vez se modificaba en función de la distinta calidad de los materiales que recibían, sin perder su admirable unidad. En 1954 falleció Frida Kahlo. Al año siguiente, Diego Rivera, enfermo de cáncer, se dispuso a viajar a la Unión Soviética para ser operado y tratado de esta enfermedad. Consciente de los riesgos, pidió que sus piezas prehispánicas se depositaran en el Museo del Pedregal, el cual quedaría bajo un patronato. Así, en agosto de 1955 se firmaron las escrituras relativas a la constitución del Fideicomiso Diego Rivera.

Desde la Unión Soviética donde, pasada la operación, recibía un tratamiento contra el cáncer, Diego Rivera llamaba todos los domingos por la mañana a los albañiles que construían el Anahuacalli para que lo enteraran de los avances y darles instrucciones. También le escribía a su hija, la arquitecta Ruth Rivera, a su marido Pedro Alvarado y a Teresa Proenza, su secretaria y persona de toda confianza. Antes de morir, el pintor encomendó a O’Gorman que proyectara las partes restantes del edificio. Éste lo hizo de acuerdo a sus diseños, respetando lo más que pudo el proyecto original. Proyectó el último piso, los corredores en forma de U y la techumbre de la sala central. El techo no se pudo realizar de palapa, como en un principio lo concibió Diego, por ser un material demasiado frágil; fue así como quedó el techo actual, diseñado por O’Gorman, quien también construyó, muerto su amigo, la bodega que forma parte del patio principal y la plaza de 50 por 50 metros, respetando la composición general de Rivera.

Terminado en el año de 1963 bajo la supervisión de Ruth Rivera y Juan O’Gorman, la participación de Heriberto Pagelson, gracias a la generosidad de Dolores Olmedo, el museo se inauguró en 1964. La museografía del primer piso fue realizada por Carlos Pellicer

La construcción del Anahuacalli pasó por distintas etapas desde su primera concepción. En un principio, nos cuenta Diego Rivera en su libro Mi arte, mi vida, escrito en colaboración con Gladys March, hacia finales de los años treinta, “…cuando las bombas amenazaban nuestras vidas y hacer pintura parecía algo extravagante, Frida y yo comenzamos a construir un extraño tipo de rancho. Allí pensábamos producir nuestros propios artículos alimenticios: leche, miel y verduras, mientras nos preparábamos para construir nuestro museo… El lugar que escogimos estaba cerca de Coyoacán, precisamente encima de una capa de lava. Los cactos emergían con profusión de las grietas entre las piedras. La naturaleza había hecho el paisaje del lugar como a propósito para nuestros deseos, y decidí que nuestra casa estuviera en armonía con su trabajo.”

Los terrenos situados al sur del Valle de México fueron hasta entrado el siglo XX despreciados por los constructores. Su paisaje de roca volcánica en apariencia agreste, con sus reminiscencias de tiempos antiguos, inspiró al Doctor Atl, a quien Diego Rivera acompañaba en sus excursiones desde que estudiaba en la Academia de San Carlos. A comienzos de los años cuarenta se les uniría en estas expediciones el arquitecto Luis Barragán, quien compró allí unos terrenos para desarrollar el fraccionamiento que sería Paseos del Pedregal. El propio Rivera realizó para Barragán unos lineamientos para construir en la zona, en los que aconsejaba hacer la división de terrenos tomando en cuenta la formación rocosa de la lava y construir con la misma piedra volcánica.

En junio de 1940, luego del asesinato de Trotsky, Diego Rivera viajó a San Francisco, desde donde encargó a Frida Kahlo dejar únicamente las piezas grandes del “idolaje” o el “trésor de Moctezuma” (como llamaban Diego y Frida respectivamente a la colección del pintor) en el estudio de San Ángel –construido por su amigo el arquitecto y pintor Juan O´Gorman siguiendo la escuela funcionalista–, empacar el resto y trasladarlo a la Casa Azul de Frida en Coyoacán. En febrero de 1941, ya de regreso en México, consciente de su edad y pensando en su legado como artista, el pintor modificó su idea del rancho y decidió que levantaría un templo, en el cual dispondría su colección de pequeños dioses de arcilla.

Así, el proyecto se inició en mayo de 1942, aunque las adquisiciones de terrenos abarcarían hasta 1947. Diego Rivera invitó a Juan O´Gorman para que lo acompañara en la aventura. O´Gorman conocía la Casa de la Cascada del afamado arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright, pues su dueño, Edgar Kaufman, les había encargado pinturas y diseños para ésta a finales de los años treinta. Situada en la reserva natural de Bear Run, Pensilvania, esta obra se integraba al paisaje de manera admirable. Las rocas de la cascada penetraban en las habitaciones como mesas o soportes de chimeneas. “La arquitectura orgánica debe promover la generación de un mejor modo de vida”, sostenía Wright. Esta idea se acoplaba a la perfección con el concepto de Rivera, que no sólo integraría el paisaje, sino la cosmogonía y el arte prehispánico a su construcción, creando una pirámide de reminiscencias claramente mayas, teotihuacanas, aztecas, que dialogara con el presente en una propuesta de permanente actualización del pasado para su reinterpretación. Diego Rivera la cimentó desde la segunda capa de lava, utilizando la primera para las distintas construcciones y los pavimentos y partió desde la propia concepción prehispánica de construir desde la raíz, aprovechando incluso las cuevas del subsuelo, donde nacían los dioses antiguos.

De 1942 a 1957 el pintor dedicó gran parte de su tiempo y dinero a esta obra, solicitando subsidios a diversas autoridades, a las que él y Frida explicaban que la estaban realizando para el pueblo de México. Los obstáculos de orden económico iban retrasando la obra, que a su vez se modificaba en función de la distinta calidad de los materiales que recibían, sin perder su admirable unidad. En 1954 falleció Frida Kahlo. Al año siguiente, Diego Rivera, enfermo de cáncer, se dispuso a viajar a la Unión Soviética para ser operado y tratado de esta enfermedad. Consciente de los riesgos, pidió que sus piezas prehispánicas se depositaran en el Museo del Pedregal, el cual quedaría bajo un patronato. Así, en agosto de 1955 se firmaron las escrituras relativas a la constitución del Fideicomiso Diego Rivera.

Desde la Unión Soviética donde, pasada la operación, recibía un tratamiento contra el cáncer, Diego Rivera llamaba todos los domingos por la mañana a los albañiles que construían el Anahuacalli para que lo enteraran de los avances y darles instrucciones. También le escribía a su hija, la arquitecta Ruth Rivera, a su marido Pedro Alvarado y a Teresa Proenza, su secretaria y persona de toda confianza. Antes de morir, el pintor encomendó a O’Gorman que proyectara las partes restantes del edificio. Éste lo hizo de acuerdo a sus diseños, respetando lo más que pudo el proyecto original. Proyectó el último piso, los corredores en forma de U y la techumbre de la sala central. El techo no se pudo realizar de palapa, como en un principio lo concibió Diego, por ser un material demasiado frágil; fue así como quedó el techo actual, diseñado por O’Gorman, quien también construyó, muerto su amigo, la bodega que forma parte del patio principal y la plaza de 50 por 50 metros, respetando la composición general de Rivera.

Terminado en el año de 1963 bajo la supervisión de Ruth Rivera y Juan O’Gorman, la participación de Heriberto Pagelson, gracias a la generosidad de Dolores Olmedo, el museo se inauguró en 1964. La museografía del primer piso fue realizada por Carlos Pellicer