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Un millón setecientos sesenta y cuatro mil

Victor Costales, El túnel
Luces LED, reja de metal, dimensiones variables, 2022

Se dice que el estanque, ubicado en la sala 8 del edificio principal del Museo, fue ideado por Diego Rivera como la entrada a un túnel secreto que debía conducir hacia los jardines. Encontramos el posible emplazamiento de su salida y generamos los portales-vórtices que, en teoría, permitirían atravesar las piedras y unir los dos extremos. 

JULIACOSTALES OFICIO PLANO


Un millón setecientos sesenta y cuatro mil

Julia Rometti,
Victor Costales y
Rometti Costales

Entonces, ¿qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quiero explicarlo a quien me lo pregunta, no lo sé.[1]

Dos amigos se separan; uno va a vivir a la montaña y otro, a la llanura. Cuando se reencuentran, descubren que sus relojes se han desincronizado. En el primer capítulo de El orden del tiempo, el físico Carlo Rovelli nos explica lo que la ciencia sabe hasta ahora sobre el tiempo. El autor ejemplifica el concepto de ralentización con la historia de estos dos amigos: el que vivió más cerca del centro de la Tierra, en la llanura, envejeció menos; sus plantas no crecieron tanto. La vida del amigo en la montaña transcurrió a mayor velocidad; sus procesos fueron más rápidos. Si hubieran usado relojes perfectamente calibrados, comprobarían que cada cual tiene un tiempo propio. Sin embargo, ningún tiempo es más real que el otro; es el entrelazado de todos los tiempos que conocemos y la evolución entre ellos lo que nos importa.

El tiempo es un misterio, pero lo relevante al estudiarlo y lo que justifica su representación con T mayúscula en las fórmulas es su discurrir. La termodinámica es la ciencia que traza una línea de dirección de la energía, un antes y un después en el tiempo, y eso es irreversible.

Ahora esos dos amigos se reúnen aquí. Victor Costales (Minsk, Bielorrusia, 1974) y Julia Rometti (Niza, Francia, 1975) deciden entrar juntos a este timewarp (deformación del tiempo) y lanzar algunas especulaciones temporales. Por medio de ficciones e interpretaciones alternativas, buscan un equilibrio entre lo sutil y lo formal que difumine los límites de la realidad. Utilizando escultura, fotografía, objetos recuperados, algunos amigos invitados y un hashtag de gatitos, construyen falsas narrativas que desafían la materialidad de esta casa y las dinámicas de los que la habitamos. Más que dar respuestas, nos generan expectativas, incertidumbre e incomodidad.

Julia Rometti, Smoked by the House, (Humeado por la casa), 2022

 Por un tiempo Julia cree haber tomado estas palabras de su libro Blue Has Run. Hasta hace muy poco se da cuenta de que esta frase nunca existió y que su memoria sigue sustrayendo palabras de las complejas descripciones que acompañaban las fotografías en blanco y negro, ininteligibles, en un catálogo de textiles chiapanecos de los años 70.

“El objeto desaparece, el lenguaje se desvanece”. Hace tiempo, Victor y Julia borraron aleatoriamente palabras de esas descripciones de objetos en el catálogo de textiles. La primera vez que Julia entró por la puerta del Anahuacalli, el edificio también la desvaneció. Humeada por la casa, se tambaleó antes de subir estas empinadas escaleras. Entendió de una manera física los efectos que tienen los estratos históricos, la carga simbólica con que la casa impregna a los objetos, las dudas que quedan en el humeado.

El estado actual de esta casa es el efecto de su pasado y, a la vez, la causa de su futuro. Se trata de un flujo conectado por la mecánica de las leyes físicas. Las consecuencias del tiempo parecen ser el mayor interés de Julia. Sin embargo, al integrar una plataforma zoomorfa con algunas insinuaciones ruinosas e incorporar la variable de aleatoriedad a través de un robot parlante[2], Julia logra una atmósfera disruptiva. Nos ubica en el aquí, aunque sea por un instante: en el vórtice de los procesos interminables del Anahuacalli, para reflexionar sobre los mecanismos autorreguladores de la casa, y el eterno intercambio entre el contenedor y lo contenido. De paso -por qué no-, invita a refutar sutilmente los sueños utópicos del derrocamiento de las estructuras de poder.

Victor Costales, Um Wy Numa (¿Estás caminando?, en lengua hopi), 2022

Maestro del tiempo perdido, Victor mantiene una relación con el tiempo tan complicada y sencilla como puede ser la del Coyote con el Correcaminos. Oscila entre tensar al máximo el tiempo lineal y construir una relación íntima con las sutilezas del tiempo.

“Están cordialmente invitados a una recepción, viajeros en el tiempo” fue la nota enviada por Stephen Hawking para una fiesta a la que nadie asistió. Es probablemente el gesto más irónico sobre las probabilidades de distorsión en el tiempo: su irreversibilidad y los saltos cuánticos al pasado y/o al futuro. Durante años, Victor ha estudiado las imperceptibilidades y menciones en la cultura material de estas probabilidades, los patrones y diagramas definidos en los que el tiempo es una dimensión visible. Cosmogramas valdivios y/o monedas arrojadas fortuitamente a una fuente para conseguir buena suerte son su especialidad. Hoy, Victor continúa ese trabajo y estira las posibilidades de lo que pasaría si pudiéramos deformar el espacio-tiempo para des-materializarnos y viajar en el tiempo sin desencadenar disonancias temporales ni catástrofes radioactivas.

La mutabilidad y maleabilidad de las leyendas que relatan estas alteraciones también forman parte de su obsesión, especialmente cuando lo ayudan a reformular lados B para procesos históricos y políticos que involucran añoranzas anarquistas.

Los restos materiales de estos saltos o del envejecimiento acelerado por saltos al futuro son objeto también de esta exposición. Victor trae al Anahuacalli algunos escurrimientos poliméricos contemporáneos olvidados y descontextualizados que bien podrían ser un nuevo magma petrificado o consecuencia de todas las edades geológicas. Igual que hicieron el museógrafo Carlos Pellicer y el arquitecto Juan O´Gorman en el Anahuacalli, Costales disfruta sembrar devastadoras confusiones cronológicas.



[1] San Agustín de Hipona
[2] Horloge parlante (“reloj parlante” o la Hora exacta en México) fue un servicio telefónico que nació en 1933 gracias a Ernest Esclangon, astrónomo y director del Observatorio de París. Con una precisión horaria de 10 milisegundos, el servicio duró casi un siglo y terminó el 1 de julio de 2022.